Nada en la nevera

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Artículos Disey

Los domingos, paella.

Cuando uno se cree revolucionario y cosmopolita, cuando el ipod y la play se convierten un nuestro patio de recreo, cuando Internet es nuestro gran libro de texto, de repente llega un domingo y te levantas con ganas de hacer una paella. 

Tanto a los que les guste el fútbol como los que no (que algunos existen) recordarán con mayor o menor ilusión el “maravilloso” carrusel deportivo del domingo. Y digo recordarán porque a pesar que creo que aún lo emiten yo me quiero centrar en aquél que escuchábamos en el asiento de atrás, volviendo de la obligatoria cita familiar de los domingos: la paella. Y quien dice paella dice cocido en Madrid, migas en Teruel, arroz en Alicante, o bacalao en Bilibao. Una cita que era más o menos obligatoria dependiendo de la familia y las edades de los participantes. Librarse era privilegio sólo de aquellos que tenían exámenes en la universidad (me río yo de lo que mis hermanos estudiaran ese domingo). Una costumbre que se va desmembrando a medida que los hijos nos emancipamos y empezamos a crear unidades familiares independientes.

Nuestra generación a cambiado el domingo de paella por otro tipo de domingo, más urbano y menos interesante, y con otro tipo de estímulos. Sólo hay que pasarse por la Fnac un domingo por la tarde para ver de qué estoy hablando. Consumo, videojuegos, música (para elegir qué bajar de Internet), dvd’s y un paseo entre lo últimos móviles parece ser un extraño entretenimiento que practica gran parte de nuestra ciudad. El ipod, la play, el sofá, Internet, etc. son nuestros antiguos juegos de mesa, nuestro antiguo walkman y nuestra familia. Y la culpa no es nuestra. Vivimos inmeros en una vorágine de información que no anuncia domingos en familia. Anuncia nuevos dispositivos móviles que permiten trabajar en cualquier parte (que pesadilla), nuevos coches que nos llevarán a sitios increíbles a los que nunca iremos y nuevas cremas que nos harán no envejecer nunca. Con lo bonito que es envejecer.

En un escenario como este, tan mediatizado y tan moderno, parece impensable hablar de tradición. Parece complicado que la cocina tradicional perviva, por muchos libros que saquen -la cocina de tu abuela, comer como en casa, etc.- Estos libros no te cuentan los secretos que tiene cada padre y cada madre para que el arroz quede suelto, para que la sopa espese o para que te dejen cocinar tranquilo (imprescindible). Estos secretos hay que vivirlos, hay que buscarlos o preguntarlos, porque de lo contrario se irán con ellos y en un par de generaciones veremos como algo normal la paella precocinada de domingo.

Pues no. Contrario a lo que pueda parecer, no ocurre así. De repente, te levantas un domingo con ganas de hacer una paella. Tus raíces te llaman, sientes que si desaparece ese momento pre-paella (las papas, la cervecita…), el momento paella (ñam, ñam) y el momento post-paella (zzz…), desaparecerá parte de ti. Parte de lo que eres hoy en día se lo debes a esos ratos en familia.

Así pues te dispones a hacer tu primera paella de domingo y… bingo: no tienes paella para vitro. Tienes algo pollo pero no tienes conejo, tienes algo de verdura y algo de azafrán. Por supuesto no tienes caracoles, pero lo más importante: no tienes ni idea. Ver hacer mil paellas no significa en absoluto saber cocinarlas. A pesar de todo te lanzas, coges la sartén más grande que tienes, esbozas un caldo en condiciones, echas el arroz, y aquello tira. El resultado es una paella terrible: blanca, mojada y en sartén, pero sabe a paella, y eso te da ánimos. Quiere decir que es el principio de una gran amistad, que domingo tras domingo se irá estrechando esa amistad para conseguir la inalcanzable perfección, que no estará sólo en el guiso, sino en lo que tenga alrededor. 

Nota: seguiré practicando, estáis todos invitados cuando queráis. 

Artículo publicado en la revista Disey nº6

 

Mi teléfono habla

Si nuestras vidas ya son suficientemente complicadas desde que tenemos móviles, lo que nos faltaba es que ahora estos hablaran.

Cada cierto tiempo nos toca renovar el teléfono por una u otra razón, a cual más curiosa: bien nos hemos fundido la batería del anterior; bien “necesitamos” un modelo superior con cámara, radio y todo lo demás; bien por el sencillo y estúpido placer de cambiar por cambiar. Es la primera vez que vemos un producto con una vida útil tan corta y tan caduca. Nunca antes hemos hecho algo así. Antes, si teníamos la suerte de tener un walkman o un discman, nos acompañaba a todas partes y sólo lo cambiábamos si se rompía o si pasaban muchos años. Lo mismo hacíamos y hacemos hoy con los televisores, las lavadoras o los microondas: viven hasta que dan su última imagen y su última pizza y los cambiamos cuando expiran.

No ocurre lo mismo con los móviles. Los consideramos casi complementos, que pasan de moda, que tienen que tener un montón de prestaciones que no usaremos, y que se han convertido en un elemento más de los que definen un estilo y un status. En los tiempos de los primeros Nokia 5110 el móvil era un aparato que servía para hablar por teléfono con otras personas (sin verlas). Hoy lo de menos es que se pueda llamar por teléfono. Los móviles de hoy ya no son sólo aparatos, son complementos de altísima tecnología y de bajísima calidad. Pocos son los que duran más de dos años en uso sin morir en el intento. Les pedimos que tengan cámara de fotos, que se pueda escuchar música, que tengan wifi y si puede ser, que aprendan a cocinar. El resultado es que son más pesados, más grandes y consumen más batería que antes. Pueden constiparse, coger virus y desde luego se estropean antes. Sin embargo, nosotros seguimos haciendo lo mismo: llamar por teléfono. Alucinante.

Hace poco un amigo dijo algo que me pareció muy gráfico: “(…) cuatro millones de años de evolución humana y el hombre todavía sigue arreglando las cosas a garrotazos…” Y así lo hacemos. La tecnología evoluciona torpemente y nosotros estamos inmersos en una realidad de consumo que alienta aún más este proceso. El mercado, a través de la inteligente publicidad, se encarga de generarnos necesidades estúpidas que nosotros gustosamente asumimos. La última vez que me vi en una situación así fue hace unos meses, que me acerqué a una tienda de electrodomésticos para comprar un dvd para mi madre y el vendedor me avasalló con un océano de siglas desconocidas que no entendía. Por un momento creí que me hablaba en otro idioma. Casí salí convencido de que lo que mi madre necesitaba era un dvd con hdmi y tdt integrados, que leyera divx, mp4 y con salida de dvi. Mi madre, que la pobre ya se lía para encender la tele y cuidar de mi sobrina al mismo tiempo. Hay veces que perdemos el norte con tanta tontería.

Eso me ha ocurrido con mi último teléfono. He perdido el norte y algo peor, el puesto de mando. Por supuesto el anterior teléfono murió porque la batería sufría amnesia o efecto memoria o no sé qué tipo de patología psicológica depresiva que le hacía no funcionar. Tras esta trágica noticia me armé de valor y me acerqué a un distribuidor a ver que podían darme con los puntos que tengo. Los puntos y dinero, por descontado. El vendedor me aconsejó un “último modelo” de Nokia, especial para autónomos (será que no se pone enfermo nunca), con correo electrónico y todo (acojonante). Y así procedí.

El teléfono está muy bien, como siempre. Es muy amabe, se preocupa por ti: te pregunta siete veces si estas seguro de hacer cualquier cosa que quieras hacer -si te he dicho que la quiero hacer ¿como no voy querer hacerla?- Es muy atento, si te dejas una llamada sin contestar se pasa la tarde recordándotelo con unos amables “Ding!” que te hacen dar un salto de la silla. Pero sobre todo, es muy simpático, porque habla. Cada vez que llama alguien te dice su nombre con una terrible voz de robot que te deja helado, no sabiendo si te llaman desde casa o desde el otro mundo. Evidentemente, yo no le he enseñado a hablar, no le he dado permiso para que lo haga y por supuesto no le he contestado dándole pie a conversar. Ahora mismo no se cómo hacerlo callar y empiezo a pensar que me escucha, porque cada vez que nombro a alguien en su presencia le llama sin mi permiso. Por lo menos me gustaría saber qué le cuenta. Como no se calle pronto voy a sacar mi viejo Nokia del cajón y a este lo voy a enviar a clases de canto, a ver si se afina un poco la voz. 

Artículo publicado en la revista Disey nº7

 

Miradas hacia una ciudad contemporánea

 

La ciudad de hoy es la ciudad del mestizaje. El cruce de culturas que podemos encontrar en un metro o autobús es un buen síntoma de ello, pero mejor testigo es cuando esto afecta a la ciudad en su morfología, en sus colores y en sus calles.

Cuando en una ciudad podemos pasear por calles imposibles. Cuando nos preguntamos cómo llegarán los coches a esta casa. Cuando las pequeñas casas encaladas parecen crecidas en la montaña y no podemos asegurar qué llegó antes, si la calle, la casa, el árbol o las personas que lo habitan. Cuando, unas calles más allá, podemos recorrer avenidas decimonónicas plagadas de grandes palacios burgueses, hoy convertidos en hoteles y museos. Cuando vemos distintas fotos de la ciudad y afirmaríamos que son ciudades diferentes. Cuando el mestizaje no es algo nuevo si no que forma parte de la ciudad desde hace más de diez siglos. Entonces nos encontramos ante una verdadera ciudad contemporánea.

 

Paseamos y encontramos escenas que nos transportan al corazón del Zoco que nunca hemos visitado. Descubrimos olores de pieles, especias y comidas de otra tierra. Recorremos calles caprichosas y estrechas llenas de mercaderes que te ofrecen todo tipo de cosas exóticas llenas de colores vibrantes y aromas penetrantes en un ambiente ornamentado hasta la saciedad. Escuchamos distintas lenguas, curiosos acentos difíciles de localizar. La huella de los siglos pasados perdura hasta hoy en esta ciudad invisible que nunca duerme.

Seguimos paseando; salimos de la calle del bullicio y encontramos una enorme catedral cristiana, callada y quieta, serena. Entramos y la luz desaparece. Altísimas columnas sujetan el cielo que no podemos ver. El silencio se apodera de la escena; podemos casi tocar la gravedad. Paseamos entre pinturas que nos retratan otra época, como testigos mudos de lo que tuvieron delante. Un nuevo escenario que nos hace olvidar por un instante de dónde venimos. Otra cultura pasó por aquí y dejó su sello que perdura hasta hoy.

Atravesamos otra gran puerta de madera y la luz nos deslumbra, no podemos ver bien, pero huele a algo particular. El sonido llega de repente, indescifrable pero musical. Un improvisado mercado de especias aparece enfrente de nosotros, compartiendo esquina con una divertida tienda de camisetas y algún que otro restaurante de nueva cocina. Seguimos calle abajo hasta una gran plaza con multitud de cafeterías y terrazas donde señoras bien vestidas pasan la tarde y los turistas aprovechan para ver todas las fotos tomadas con sus afilados objetivos. Un nuevo escenario se nos presenta con perfumes variados  y un lenguaje gráfico que se apodera de los edificios. Las imágenes nos resultan familiares; marcas, colores, tipografías, tiendas de ropa, modelos, etc. Caras conocidas en una ciudad donde no conocemos a nadie. De nuevo, otra cultura pasó por aquí y dejó su huella.

Salimos del centro. Todo cambia una vez más. Calles normales, con gente normal. Dos conductores se disputan un lugar donde aparcar; el perro que ladra sin parar y los niños que corren porque acaban de llamar a un timbre que no conocían. Todo parece normal, una escena cotidiana de una ciudad cualquiera. Pero algo es diferente. Hay demasiada gente en los bares para ser un martes de febrero. Nos acercamos a uno de ellos y descubrimos un ambiente distinto, donde la gente conversa y discute sobre su equipo de fútbol o la noticia del día. Todos tienen una caña en la mano y algo de comer en la barra. Disfrutan del aperitivo tranquilos, sin prisa aunque la tengan, dándole una importancia especial a este momento de compartir y comentar. Sin saberlo, cruzan conocimientos y culturas en esta ciudad que lleva haciendo esto mismo desde hace siglos, cambiando y adaptándose a cada nueva cultura que penetra en ella. La ciudad contemporánea no lo es ahora, si no que siempre lo ha sido. El mestizaje es el secreto de la supervivencia de la ciudad  

Artículo publicado en la revista Disey nº5

 

Fórmula secreta para triunfar en feria

Tiempo de preparación: 3 semanas

Dificultad: baja

Ingredientes:

Para la base:

1 edificio en estado de ruina

300 kilos de pintura blanca

200 metros de cable eléctrico naranja

40 focos de luz puntual

Una pizca de rotulación

Para el contenido:

100 botellas de vino del priorat

100 botellas de agua (mejor de vidrio)

Una cucharada de personal de catering

500 naranjas

30 altavoces blancos (preferentemente bosé)

1 iPod

Te presentamos como montar un evento de promoción para un producto (da igual cual sea) en poco tiempo. Sólo debes elegir la fruta adecuada, por ejemplo: utiliza naranjas para promocionar coches utilitarios, colonias de aromas cítricos, exprimidores, etc. pero nunca para un refresco o una marca de zumos. Utiliza almendras, nueces o pequeños olivos si quieres representar a una entidad bancaria, una promotora o algo similar.  

Preparación:

En primer lugar se vacía el edificio (puede ser una antigua nave industrial, un antiguo palacete abandonado o similar), se desinfecta y se limpia. Importante, no debe restaurarse, los desconchados u otros desperfectos aportan riqueza visual y mejoran el contraste con el producto presentado. Una vez libre de obstáculos se pinta de blanco en su totalidad: paredes, puertas, armarios, escaleras, luminarias, barandillas, etc. Todo debe quedar blanco nuclear, impoluto.

En segundo lugar se escogen aquellos rincones de paso de mayor interés, se despliega el cable eléctrico (debe quedar visto) y se sitúan los 40 focos en estos lugares, dejando penumbra entre ellos y reservando unos pocos para la sala final. Se rotula ligeramente el acceso con los patrocinadores, los proyectistas, el promotor del evento y el producto. En caso de resultar necesario se puede añadir un poco más a modo de orientación en el recorrido del edificio.

Se disponen las primeras 30 naranjas (o la fruta seleccionada) en cada rincón con cada uno de los focos anteriormente dispuestos. Las 470 restantes se reservan para disponerse en una de las paredes de la sala final, a modo de tapiz. Del mismo modo se disponen los altavoces en el recorrido, reservando un puñado para el espacio principal.

Asegúrese de que la temperatura, el volumen de la música y la temperatura del vino es la adecuada. Si se le añade la correspondiente nota de prensa, el evento será un éxito sin precedentes.

Truco: piense un buen nombre para el evento, “Orange Nigth”, “Un paseo por la huerta”, “Citrically Yours” o alguna otra rareza generarán misterio y curiosidad en el invitado.

Sugerencia de presentación: desplegar una pequeña flota de Minis de color naranja con la fecha del evento rotulada en la puerta pocos días antes del acontecimiento.

Artículo publicado en la revista Disey nº3

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